lunes, 14 de marzo de 2011

Aquí les dejo un cuento que escribí hace unos años y con el cual gané el segundo lugar en un concurso de literatura.



La Prisión


Mi historia se remonta a una antigua cárcel situada al norte de Inglaterra. Ahí estaba yo, un hombre de cabellos negros y cara demacrada por años de reclusión. Ya habían pasado unos veinte años, calculaba yo. A esas alturas, el tiempo no importaba en lo más mínimo. Aún estando en un lugar tan detestable como ése, recibía tres comidas diarias y una cama donde poder descansar.

Mi primer mes en esta pocilga no fue algo de lo que estuviera muy orgulloso. La primera semana, me agarré a golpes con un tipo más grande que yo. Desperté en la enfermería tres días después. La segunda, intenté robar algo de comida, pero el muy idiota, no la tragué cuando preguntaron qué era lo que llevaba en la boca. Un mes limpiando baños. Mi relación con los presos no era precisamente una maravilla. Digamos que en cierta forma, me gustaba la privacidad. No tenía compañero de celda, eso me gustaba. Pero al segundo mes, toda esa privacidad se fue por el caño;  mi primer compañero había llegado: James. No más grande que yo, cabello negro y lentes; no era gran cosa. Pobre tipo, no duró más de un mes. Lo encontraron colgado en los barrotes de la ventana, no aguantó el encierro. Otra vez solo. Aún recuerdo su cabeza ladeada y sus pies colgando; la imagen quedó grabada al rojo vivo en mi mente; esa imagen que provoca que un escalofrío recorra mi espalda. Luego de dos semanas del suceso, tuve a mi segundo compañero: John. Un chico pálido, delgado y ojeroso que era arrastrado por unos guardias hacia mi celda. “¡Aquí tienes otro lunático! A ver si éste se mata también…”  -Dijo, luego de arrojarlo bruscamente hacia adentro. El nuevo no me miró, tan solo se limitó a sentarse en la cama de bajo de la litera con las manos en los ojos. “Puedes quedarte con esa cama, yo dormiré arriba” –Dije mientras que el chico levantaba la cabeza y profería una leve sonrisa, sumada a unos ojos enrojecidos por la falta de sueño. “Gracias.” 

El nuevo era muy callado, no bajaba a comer y siempre decía palabras como “Por favor, gracias y perdona”, en otras palabras, extraño. Se pasaba todo el día mirando el pasillo, esperando que un guardia llegara y le dijera “¡Eres libre!”. Claro, eso nunca ocurriría. Un día le pregunté por qué lo habían apresado. “Por una mentira” –Me contestó con voz apagada. “Todos estamos aquí por una mentira”- Respondí con un tono jocoso - “Dicen que maté a mi amigo…”

-¿Lo mataste?

-Algo así…-Musité sin interés- Solo prendí un cerillo cerca del barril de gasolina que  se encontraba al lado de su cama.

-¿En serio? -Ya comenzaba a asustarse

-No, no es cierto, fue alcohol. Primero se lo vertí encima y luego prendí el cerillo.

-Y… -No parecía muy seguro de si atreverse a preguntar- ¿Por qué lo mataste?

-Bueno… Estaba enojado con él porque me traicionó, además de que ya estaba harto de su cara… 

“Ahh…” Fue lo único que pudo contestar ante mi declaración. Podía notar que me tenía algo de miedo. Eso me gustaba.

Después de un tiempo, comenzó a preocuparme levemente, no comía nada. A veces me las ingeniaba para llevarle un poco de comida. Una noche le pregunté por qué no salía. “Tengo miedo de enfrentarme a la realidad…”; Su respuesta me dejó algo sorprendido. Se notaba que había estudiado. Era realmente extraño encontrarse con un preso que supiera contar más de tres.

Una noche que fui a robar comida, un guardia me atrapó. Fue una de las peores noches dentro de mi estadía en ese mugroso lugar. Ese idiota me llevó a un cuarto vacío y me golpeó durante horas, que me parecieron ser años. Era inútil, nadie escuchaba mis gritos. Me llevó arrastrando a mi celda. Estaba bastante herido. Me había roto una costilla, no  podía moverme del dolor y me costaba muchísimo respirar. Me empujó dentro de mi celda después de susurrar una frase que penetró como una cuchillada en mi oído: “Una palabra de esto y conocerás lo que es el infierno”  El mal nacido se atrevió a sonreír antes de marcharse. John fue corriendo a ayudarme, estaba muy preocupado. Me ayudó a recostarme en una cama e inmediatamente comenzó a culparse por lo ocurrido. Se notaba verdaderamente apesadumbrado.”No te preocupes, no fue tu culpa, yo quise ir” –Le contesté, pero John insistía en preguntar qué me había sucedido. No le respondí, no quería que se sintiera mayormente culpable.

Pasé una semana agonizando, no tenía permitido ir a la enfermería. Ahora era el turno del chico pálido llevarme la comida a  la celda. El día que salí al fin de allí, varios presos se burlaban y decían cosas como “¿Qué no estabas muerto Cooper?”,”Pensé que ya no te volvería a ver”, “¿El infierno es tan malo que decidiste regresar?”. Idiotas. Eso eran… Todos ellos.

Una tarde, un guardia llamó a John. Dijo que alguien quería hablar con él. El chico estaba que saltaba de felicidad, creo que era lo que había estado esperando. Al regresar, toda la alegría había desaparecido. Parecía enfermo, estaba más ojeroso de lo normal y tenía los ojos muy abiertos. Pensé que se desmayaría.  “¿Estás bien? ¿Qué pasa?” -No me respondía. “¿Que acaso… te van a dejar libre?” -Nunca debí haber preguntado. Comenzó a golpear la pared, se tomó la cabeza con ambas manos y comenzó a gritar. Intenté calmarlo, preguntarle qué había pasado, pero insistía una y otra vez en que no quería hablar de ello.  

El tiempo pasó, y con él John y yo nos fuimos volviendo muy buenos amigos. No, no amigos, John pasó a ser mi hermano. Él sabía todo de mí y yo todo de él, excepto el por qué estaba en la cárcel. Siempre se limitaba a contestar lo mismo “Por una mentira” o “No quiero hablar de eso”. Después de meses insistiendo, un día suspiró y lo soltó:

-Yo… no puedo… yo no lo hice…

-¿Qué? –Le pregunté

-Matar. Yo no pude… yo no quise matarlo.

-¿A quién mataste? –Pregunté lentamente

-Yo maté… al alcalde de donde vivía. El acusaba a mi familia de haber cometido fraude… y no, no es cierto. Todo nuestro dinero  lo conseguimos honestamente. Acusaba a mi padre de mentiroso y ladrón. Un día, comenzó a gritar en el centro del pueblo. Estaba desquiciado y parecía más loco de lo normal. Decía que éramos unos… -Su voz se quebró de repente. –Yo… yo estaba muy enojado, me hervía la sangre… Ese mal nacido golpeó a mi padre… yo… yo no pensaba, no quería. Comenzamos a pelear. Yo estaba cegado por la ira, una rabia que alteraba todos mis sentidos. Hubo un momento en el que cayó al piso, yo… no podía controlarme… Seguí y seguí golpeándolo. No podía… no pude detenerme. 

-¿Lo mataste a golpes? –Pregunté boquiabierto.

Asintió muy lentamente. No lo podía creer, no de él. Del chico educado, el mismo que me estaba enseñando a leer, el mismo que había estado conmigo día y noche, el que había soportado junto a mí la tortura provocada por la corrupción. Estaba realmente sorprendido.

El ambiente podía cortarse con un cuchillo. Silencio, silencio y más silencio. “Gracias.”  -Escuché de pronto, para mi sorpresa.

-¿Por qué? –Le pregunte

-Por escucharme.

Nos involucramos y salimos juntos de muchos problemas y riñas, aunque muchas veces, solo un susurro de John bastaba para arreglar el asunto: “Deja, no vale la pena” –Solía decirme. Siempre nos apoyábamos. Un día que nos peleamos con algunos presos, el mismo guardia que me había golpeado, repitió el procedimiento de la golpiza, solo que esta vez, me tuvo en esa habitación vacía durante días. Parecía tenerme un especial odio el maldito. Me golpeaba día y noche, disfrutaba haciéndolo. Al reunirme nuevamente con John, éste se encontraba exageradamente enojado conmigo. Tenía muchos problemas por mi culpa. Lo tuvieron dos días sobre una caja a mitad del sol sin comida ni agua. Pasó mucho tiempo enojado conmigo, algo pasaba, no era normal. No aceptaba mis disculpas y yo NUNCA me rebajaba a hacerlo, pero él era mi hermano y no soportaba que no me hablase. Un día le pregunté por qué no me perdonaba, aunque me contestó algo muy extraño. “Porque así será más fácil decirte adiós” –No le entendí.

-¿De qué hablas? –Pregunté

-¿Qué no te das cuenta? La única razón por la que estoy aquí es para esperar el día de mi muerte.

-¡¿Qué?!

En ese instante, sentí que todo se venía abajo, como si el peso de todo el mundo cayera sobre mis hombros, como si la carne de mi cuerpo se rasgara, dándole así lugar al dolor y la melancolía.

-Estoy sentenciado a muerte…

No podía creerlo, no quería creerlo. Me negué, simplemente no podía ser. No estaba dispuesto ni preparado para perder a alguien como él.

-¿Por qué nunca me lo dijiste? –Le pregunté al día siguiente

-No valía la pena decirlo…

-¡Te van a matar! ¿Cómo no va a ser importante?

-El 25 de diciembre será el día de mi ejecución. Será un estupendo regalo de navidad para la familia de ese maldito alcalde, ¿No?

Lo abracé y me susurró “Solo me quedan tres meses de vida”. Lo abracé con más fuerza y le conteste: “No pienses en eso, mejor olvídalo. Olvida la sentencia… olvida la cárcel, olvida el frío.

Dos semanas después, John me sorprendió con una loca idea. “Escapémonos” –Me susurró con un tono de complicidad. Le pregunté si estaba demente, pero tenía un plan. Parecía bastante bueno y la idea terminó por agradarme. “Pondrán un reemplazo del guardia que cuida la puerta central, está de nuestro lado, creo que lo sobornaron. Estamos armando un motín. Él distraerá a los guardias y abrirá las puertas” Yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de salvar a mi amigo. Las consecuencias no me importaban en lo absoluto.

Todos esperaban con gran nerviosismo y ansias el día en que se llevaría a cabo el motín, hasta que al fin ese día tan esperado llegó. Estábamos cenando cuando escuchamos la señal: Una explosión. Eso distraería a los guardias. El estallido hizo latir la cárcel como si ésta tuviera vida propia. Todos los presos se agolparon en la puerta principal. Yo corría hacia allí, cuando John me agarró del brazo y me llevó al lugar de donde había provenido el ruido, diciendo algunas palabras como “Por ahí nos atraparán, todos los guardias se están dirigiendo en este minuto a la entrada principal. Saldremos por atrás.” La explosión había derribado una parte del muro, la salida estaba a solo un palmo de distancia de nosotros. Teníamos el camino libre, ésa era nuestra oportunidad. Teníamos que escapar a como diera lugar. “Por ningún motivo te detengas, ¡CORRE!” –Le escuché gritar entre todo el ruido. Corríamos con todas nuestras fuerzas, se escuchaban disparos en todo el lugar. Corrimos y corrimos, la adrenalina recorría todos los rincones de nuestro cuerpo, el corazón me latía a mil revoluciones por minuto, ya quedaba tan poco… Cuando ya íbamos a salir, una luz nos iluminó de lleno. ¡Nos habían descubierto! Soltaron a los perros. Ya estábamos en la salida cuando uno de ellos alcanzó la pierna de John. No… Todo el plan, no podía terminar así, no lo permitiría. Tomé de los brazos a mi amigo y jalé lo más fuerte que pude. “¡Ayúdame!” –Gritaba John desesperado. Era inútil. Yo tenía ahora a dos perros sobre mí. De pronto sentí un golpe seco en mi cabeza y luego nada. Desperté recostado en la enfermería. A mi lado, estaba mi compañero, aún inconsciente. Todo se había arruinado. A los que habían logrado escapar, los atraparon y a otros los mataron en la persecución.

El otoño llevó rápidamente al frío desgarrador del invierno. Había llegado el día. veinticinco de diciembre, navidad. veinticinco de diciembre, la ejecución de John Wood. veinticinco de diciembre, el peor día de mi vida. 

Ese día, los prisioneros recibían visitas por parte de sus familias. John no fue la excepción. Fueron su padre y sus dos hermanas. Cenamos todos juntos, mientras que comenzaba a nevar. Mi amigo comentaba melancólicamente, que sería la última vez que vería este suceso tan maravilloso. Me temblaban las manos. Sentía que en cualquier momento me quebraría, pero mi orgullo es como el acero.

Sus gritos retumban en mi cabeza como si fueran los muros de la fría prisión. Retumban justo ahora, delante de su tumba. Nunca hubo un adiós.  

John se escondía tras mi espalda, yo era su escudo. Me pidió, me rogó que los detuviera, que no lo dejara ir. Aún las oigo… oigo sus súplicas. Yo… yo no hice nada, sólo me quedé parado en medio de la celda. Jalaba de mi camisa…tenía tanto miedo…me pidió que los alejara, que los detuviera. Fui un cobarde…

Se lo llevaron a la fuerza, arrastrando… gritaba mi nombre, suplicaba. Me dejé caer de rodillas sobre el sucio suelo y cubrí mi rostro con mis manos. Su eco aún sigue en ese escalofriante lugar.

-John, ¿Por qué no hice nada?

-Yo, Jack Cooper, te dejo estas flores en tu tumba. Después de tantos años, de toda una vida, nada impide ver tu recuerdo. Adiós amigo, compañero, hermano.

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